7.2.06

Otra mirada sobre Dostoievski


Inspirada en "El idiota", la obra que repuso Alejandro Tantanian, sigue sólo a tres de sus personajes.

Juan José Santillán. Especial para Clarin



El ex integrante de El Periférico de Objetos, Alejandro Tantanian, repuso Los mansos en un viejo galpón, devenido sala teatral junto al Camarín de las musas. Inspirada en El idiota, de Fedor Dostoievski, la obra sigue sólo a tres de sus personajes: Nastasia (Stella Galazzi), su pretendiente Rogojin (Luciano Suardi) y a Myshkin, "El idiota" (Nahuel Pérez Biscayart). Pero el viaje de Myshkin, paradigma del hombre bueno derrotado por sus propias mezquindades, será apenas la superficie sobre la que se deslizan una serie de elementos biográficos sin referente concreto. Por allí avanzan los personajes como única voz y también por separado.

Un excelente trabajo de iluminación de Jorge Pastorino acentúa el efecto de cercanía entre espectador-actor ideado por Tantanian. Sobre esa base, los encuentros de Nastasia (Galazzi) y Rogojin (Suardi) logran una vitalidad extrema. En Los mansos, el lugar del narrador es múltiple en voces y, por lo tanto, en sentidos desplegados sobre el espacio.

Sucede que el entramado biográfico de los personajes se traza sobre una perspectiva que diluye su objeto desde lo formal-espacial hasta lo narrativo. Es decir, la sala no es un espacio convencional, sino un galpón adaptado acorde a la perspectiva de los cuerpos en escena. Tampoco lo aparentemente autorreferencial, esgrimido por el autor, es tal. Se pulveriza por la voz de los personajes de Dostoievski (Anastasia, Rogojin y El Idiota), por datos biográficos del autor de Crimen y castigo y, entre otras cosas, por un bosquejo polifónico del pasado de los actores. "¿Quién habla y desde qué lugar?" son preguntas que activan el engranaje de la puesta.

Hay un eje formal en la perspectiva de la obra. Se trata del óleo El Cristo muerto, realizado por el retratista alemán Hans Holbein (1497-1543). Su estilística se caracterizó por la deformación de la imagen retratada por medio de la anamorfosis. Esa estrategia de composición no es sólo la burla a la lógica de una perspectiva sino, además, una armonía en quiebre. Que la proyección de ese cuadro de Holbein, en una de las paredes de la sala, sea un momento de bisagra en la obra no es casual. Los tres personajes se complementan para detallar la imagen y Rogojin dirá: "frente a este cuadro uno no tiene otro camino que perder la fe".

La tensión de una perspectiva y la respuesta física ante un bosque de imágenes que se derrumba sobre el sujeto, sitúa la mirada. Es decir, marca la disposición rectangular del público en la sala y el movimiento de los personajes a los que, por momentos, se los ve por partes.

Los mansos tiene una perspectiva esquiva, elíptica. Lo frontal, como en los retratos dobles de Holbein, nunca otorga un sentido unívoco. En suma, se trata de una experiencia sobre texturas de lo sensible. Donde el amor, y su contracara de muerte, son fugacidades en los reversos de una misma subjetividad desdoblada hasta el sinsentido. Sin duda, es una experiencia compleja para el espectador. No porque remita inequívocamente a El idiota. Dostoievski es la excusa para atravesar, a bordo de un trabajo actoral impecable, una puesta que resulta íntegra en el temporal de planos que desarrolla.


1 comentario:

Enrique dijo...

Es una pena que no se represente en Córdoba esta obra. Como ud por razones personales sigo las muchas significaciones de El Idiota