17.4.05

Acerca de LOS MANSOS

LOS MANSOS intenta conectar la ficción con la realidad, encontrar el espacio en el cual la autobiografía se transforma en ficción.

Cuando en un escenario alguien dice “yo” se está nombrando a sí mismo, de esta forma se constituye en sujeto e inmediatamente un discurso toma forma.
¿Pero qué es este “yo”?
Dostoyevski trabajó en la construcción de varios “yos”: su preocupación era “el otro”; en sus novelas él encarnó ideas en los cuerpos: todos estos cuerpos se autodenominaron “yo”.

La idea de LOS MANSOS es penetrar este concepto para entender cuáles son los límites del “yo” en el teatro.
La polifonía es uno de las formas que Dostoyevski exploró para alcanzar el significado real del “yo”.
Yo agregaré el propio a este “árbol de voces”: mi propia experiencia, mi propia historia.

Mi familia (materna) deja Rusia en 1941, abandona su patria dejando atrás su historia. Mi familia sigue al frente alemán, abandona Rusia odiando Rusia, viven cinco años en Stuttgart: y de ese lugar mi madre conserva (aún hoy, claro) los recuerdos más felices de su infancia (durante la mía oí a mi madre hablar de un paraíso perdido cuyo nombre era demasiado difícil de aprender para un niño argentino).
Después de aquellos cinco años en Stuttgart mis abuelos y mi madre viven en Heidelberg, en Francia luego, aquí, allá: buscan a un pariente perdido; caminan el mundo para encontrarlo: el hijo de la hermana de mi abuela (su sobrino) había abandonado el frente y había desaparecido.
Mi abuela recibe buenas noticias: su sobrino está vivo, sí, en América del Sur: dejan Europa en 1949 y llegan al puerto de Buenos Aires en 1950: lo buscan, todavía.
Un día mi abuela lo encuentra por casualidad en una calle de Buenos Aires (dos años después de haber llegado y cuando la certeza de haberlo perdido se había instalado definitivamente).
La historia entera de mi familia cambia en ese preciso momento: supieron abandonar su tierra para enfrentar un enorme desafío que parecía perdido para siempre, pero aquel encuentro inesperado reordena el pasado y construye el presente.
El vínculo con la tierra perdida renace.
Ellos deciden olvidar que habitan un lejano país de América del Sur: viven desde entonces en una tierra inexistente: un lugar construido por sus recuerdos y donde el ruso parece ser el único idioma.
Ellos reconstruyen Rusia aquí, en Buenos Aires.
Abren sus puertas a otras personas en el exilio.
Y en una de aquellas reuniones de puertas abiertas mi madre conoce a mi padre (hijo de armenios, como ella).
Mi padre nació en Buenos Aires y no supo una sola palabra de ruso y - seamos piadosos con su memoria - sólo dos docenas de palabras armenias.
Pero se enamoraron y se casaron.
Mi madre guardó desde entonces su idioma y su historia: lo compartió con nadie. Pasa el tiempo y nazco “yo”.
Yo no heredé el idioma.
Mi madre me habló sólo castellano, cerró las puertas de su pasado.
Pero la casa de mis abuelos estaba llena de esos aromas perdidos.
Dostoyevski era parte de eso.
Mi abuelo (el padre de mi madre) murió primero, después mi padre y hace un año, mi abuela.

Yo reabro aquellas puertas ahora y – asistido por las historias que mi abuela tuvo la sabiduría de narrarme seis meses antes de su muerte - construyo este trabajo.

Son éstas, entonces, algunas de las líneas que sostienen LOS MANSOS.
Otras son: el doble o el espejo o Stavroguin (protagonista de Demonios de Dostoyevski) enfrentado a Myshkin (el protagonista de El Idiota); una botella de vodka; un idioma perdido; algunos laberintos de la memoria; un bolsillo lleno de caramelos; la guerra; Rusia y después Alemania y después Argentina y Alemania otra vez y - como no hay Rusia hoy -: la construcción de Rusia; mis demonios; un “yo” que habla con otro “yo”; algunas ideas dando a luz algunos cuerpos; un árbol de voces; un cuento sobre Cristo que nunca se contó; una casa en Argentina y una sopa rusa hecha con porotos rojos.

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